Un sorbo de carácter quebradeño y la trinchera que se forja para Quilmes

Gimnasia y Esgrima de Jujuy – El marcador dictó un 3-1 para Chacarita, pero el verdadero veredicto lo escribe el corazón del equipo: un Lobo que mordió, que se levantó de cada mazazo y que ahora, con la mirada fija en Quilmes, afila las garras para construir una trinchera inexpugnable. Sumérjase en estas líneas, hincha querido, y sienta cómo el aroma de la Puna se mezcla con la ilusión de lo que viene.
Por Chuta*
El fútbol de Hernán Pellerano en Gimnasia de Jujuy es, por definición, una invitación al protagonismo. El equipo tiene cuerpo, tiene aroma a propuesta audaz y una voluntad de hierro para no rifar la pelota. Sin embargo, tras el 1-3 en San Martín, quedó una certeza flotando en el aire: para que el ataque sea una fiesta, la defensa no puede ser una invitación.
Si comparamos el juego del Lobo con uno de los exquisitos vinos de nuestra Quebrada, hoy tenemos un producto de gran ataque, pero con un final de boca que se desvanece por errores propios. Analicemos qué piezas debe ajustar la «maquinaria» de Pellerano para que el 23 de Agosto sea una fortaleza inexpugnable ante el Cervecero.
El fútbol, ese catador caprichoso de realidades, sabe que debajo de la superficie del puntaje se esconde una actuación que invita a la ilusión. Hay derrotas que dejan un sabor metálico, agrio que queman la garganta y se quieren olvidar rápido. Sin embargo, lo de Gimnasia ante el «Funebrero» se pareció más a la cata de un ejemplar de altura de nuestra Quebrada: un vino con cuerpo, con identidad clara y un color intenso, al que simplemente le falta un poco más de tiempo de barrica para pulir sus aristas y alcanzar la plenitud.
El equipo de Hernán Pellerano no volvió a la Tacita de Plata con las manos vacías de fútbol; se trajo la certeza de que la idea está, se trajo el equilibrio de los valles en el paladar táctico, y se trajo, sobre todo, la resiliencia de un Lobo que no se rinde ante el vendaval.
Desde el pitazo inicial en San Martín, el Lobo mostró que no iba de paseo por esos pagos bonaerenses. Con un Maxi Casa encendido, transformándose en la «manija» del equipo por el sector derecho —ese wing que parece tener imanes en los botines para atraer la pelota y desbordar con picardía—, Gimnasia intentó imponer condiciones.
El planteo de Pellerano fue valiente, como un gaucho que enfrenta la tormenta sin desmontar: buscando profundidad y conexiones directas, con un mediocampo que tejía hilos invisibles entre la defensa y el ataque. Sin embargo, el fútbol suele ser ingrato con el que propone y no concreta, como un viñedo que da uvas nobles pero de repente sufre una helada inesperada.
A los 12 minutos, en la primera estocada seria del local, Maximiliano Meléndez fabricó una jugada individual que terminó en un gol de carambola, con la pelota besando ambos postes antes de entrar —un beso traicionero, de esos que dejan huella sin piedad. Fue un golpe seco, inesperado, un sorbo amargo en la cata.
Gimnasia reaccionó con hidalguía: dos cabezazos del «Polaco» Menéndez que pasaron rozando el palo, remates de Casa y Cachi que hicieron lucir a Enrique Bologna, el cancerbero del Funebrero. El 1-0 al descanso era, por donde se lo mirara, un castigo excesivo para un Lobo que había tenido el protagonismo, un mazazo que no reflejaba la esencia del partido, sino la crueldad del fútbol que premia al oportunista y castiga al audaz.
El complemento amaneció con una paradoja, como esos valles jujeños donde el sol quema y el viento enfría al mismo tiempo. Nicolás Dematei, erigido como la figura albiceleste por su entrega y despliegue —incluso jugando al límite en lo reglamentario, como un caudillo que no conoce el miedo—, casi encuentra el empate con un cabezazo que el arquero local sacó milagrosamente.
Pero de ese mazazo, nació el segundo de Chacarita: un centro rasante que Juan Barbieri transformó en el 2-0, un puñal que se clavó profundo en el alma del equipo. Lejos de entregarse, el Lobo siguió buscando, no perdió la brújula ni la identidad, incluso cuando Francisco Cristaldo anotó el tercero a los 83 minutos, en una jugada colectiva que pareció sentenciar el espíritu de cualquiera.
Pero este Gimnasia y Esgrima de Jujuy tiene resiliencia, esa fibra que se forja en los cerros de colores. Apenas dos minutos después, Abel Argañaraz encontró el premio a la insistencia tras un rebote, marcando el descuento y manteniendo el asedio hasta el pitazo final, con una arremetida de Dematei que simbolizaba el carácter inquebrantable.
La autocrítica de Pellerano es clara, como un enólogo que examina su cosecha: hay desatenciones defensivas que trabajar, tres goles en contra son una señal de alerta que no se puede ignorar. El retroceso, ese gran enemigo de la ambición, fue el talón de Aquiles en San Martín; el equipo sufrió el mal del que propone: quedar expuesto, descompensado tras cada avance.
El segundo gol fue un manual de lo que no debe pasar: tras un cabezazo de Dematei en el área rival, el Lobo quedó en un «mano a mano» suicida, y la contra fue letal. Blindar las bandas es imperioso: la izquierda fue el pasillo preferido de Chacarita, una vulnerabilidad que el equipo de Módolo supo explotar como un depredador en la pampa. Los extremos —Casa y Molina— deben ser más solidarios en el retroceso, para evitar que los laterales queden en inferioridad numérica, ese 2 contra 1 que es sentencia de muerte ante rivales con oficio como Quilmes.
Y la paradoja de Dematei: entre el caudillo y el orden. Fue la figura, y eso es medalla y alarma; que tu central sea el mejor en una derrota por 3-1 habla de su enorme amor propio y capacidad de anticipo, pero también indica que le llegaron demasiado, que el primer bloque de presión falló y la última línea quedó a merced del «pinball» o de jugadas colectivas como la del tercer gol. La concentración en el área propia es el factor «suerte» que se trabaja: el primer gol tuvo infortunio con los palos, pero los rebotes favorecen al que está mejor perfilado. El Lobo necesita recuperar esa agresividad para despejar el peligro antes de que se convierta en carambola.
Un vino que promete ser reserva, un equilibrio de los valles que se afianza. Gimnasia y Esgrima de Jujuy tiene la identidad clara —ese aroma a propuesta audaz, esa voluntad de hierro para no rifar la pelota—, y eso es lo más difícil de conseguir.
Ahora, falta la «carpintería» fina: achicar espacios hacia atrás con la misma velocidad con la que se buscan hacia adelante, lograr que la defensa sea tan sólida como el Monumento a la Independencia. Si el equipo logra madurar esos aspectos, oxigenarse y serenarse en el área rival, la plenitud está a la vuelta de la esquina. La imagen final, esa arremetida de Dematei y la sensación de que el Lobo siempre quiso ser dueño de su destino, deja un regusto dulce en el hincha, un sorbo que invita a creer.
La próxima cita es en el 23 de Agosto ante Quilmes, el escenario ideal para descorchar la segunda gran alegría del año, para que el ataque sea una fiesta y la defensa no sea una invitación. Quilmes vendrá a Jujuy a medir ese temple, pero si el Lobo construye su trinchera —con el equilibrio de los valles, con el carácter quebradeño—, los tres puntos quedarán en casa, y el hincha, usted, querido lector albiceleste, brindará con el alma por este equipo que no se rinde, que late como la Puna misma.
Síntesis del Partido
Chacarita Juniors (3): Enrique Bologna; Milton Leyendeker, Julián Velázquez, Nicolás Pantaleone y Brian Calderara; Maximiliano Meléndez, Tomás Pérez y Juan Ezequiel Cuevas; Álvaro Cuello, Juan Barbieri y Mario Sanabria. DT: Matías Módolo.
Gimnasia y Esgrima de Jujuy (1): Milton Álvarez; Delfor Minervino, Guillermo Cosaro, Nicolás Dematei y Emiliano Endrizzi; Francisco Maidana, Hugo Soria, Maximiliano Casa y Francisco Molina; Mauro Cachi y Cristian Menéndez. DT: Hernán Pellerano.
Goles: 12′ M. Meléndez (CH), 53′ J. Barbieri (CH), 83′ F. Cristaldo (CH); 85′ A. Argañaraz (G).
Cambios en Gimnasia: David Gallardo por Soria, Claudio Pombo por Molina, Abel Argañaraz por Casa, Federico Paradela por Maidana y Octavio Bianchi por Cachi.
Árbitro: Juan Pablo Loustau.
Estadio: Chacarita Juniors (San Martín).
Y así, hincha del Lobo, esta nota no termina aquí; es solo el preludio de lo que vendrá. Porque en Jujuy, el fútbol es como nuestra tierra: resiliente, colorida y siempre lista para sorprender. ¡Aguante el Lobo, carajo!
Discúlpeme que no haya escrito antes, pasa que el carnaval recién se soltó el lunes a la mañana!!!
*El Gardel del glorioso barrio Los Naranjos.




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